El maldito tesoro de Tacón

 
 

Este artículo describe los desafortunados hechos que se generarón para los pastusos a raíz de la llegada a la ciudad de una indeterminada cantidad de oro enviada secretamente a Pasto por el entonces gobernador de la provincia de Popayán Miguel Tacón y que correspondía a los impuestos enviados por Quito para ser llevados a Cartagena y de ahí a las arcas del Rey.

Después de la victoria de Chapal de Funes, las gentes de Pasto, vuelven a sus actividades cotidianas esperando que nada perturbe la tranquilidad en que siempre han vivido, esperando sea así, acorde con los acontecimientos de Quito al culminar el poder de la Junta Suprema. Algo o nada se supo en Pasto del 20 e julio de 1810 en Bogotá, era tan distante que poco preocupaba su situación estando de por medio Popayán, residencia permanente del Gobernador de la Provincia Don Miguel Tacón; sin embargo, todo indica que renació el interés por defender la ciudad y su gente, el día 7 de marzo de 1811, al convocarse a todo el personal de varones que estén voluntariamente dispuestos a prestar servicio militar en defensa de la ciudad.

Fueron al rededor de setecientos hombres para siete compañías, salidos de todas las clases sociales, de todas las profesiones, los que se presentaron, entre ellos Juan Agustín Agualongo.

Es a partir de esta fecha cuando Agualongo registra de manera oficial su actividad militar a favor de las gentes de Pasto, sin desconocer que según se ha dicho también participó en el combate de Chapal de Funes contra los invasores quiteños. Siendo una tropa improvisada no quedó registro de su acción como simple soldado.

En Popayán Don Miguel Tacón, al tener conocimiento de los acontecimientos del 20 de julio de 1810 en Bogotá, convoca un cabildo abierto para examinar la situación que tuvo como resultado la instalación de una Junta Provisional de Seguridad, presidida por el propio gobernador Tacón, cuidando así que le den un golpe de mano como aconteció en Quito y ahora se presentaba en Bogotá.

El llamamiento para que se integren a esta Junta se hizo a las demás ciudades cercanas a Popayán, sin que se tenga en cuenta a Pasto, pensando tal vez que la lealtad de los pastusos a sus principios y el juramento que hicieran, no hacia necesario involucrarlos en un movimiento que podría ser peligroso para la estabilidad gubernativa del hábil gobernador, dejándolos como reserva hacia futuras acciones.

No en vano previniendo acontecimientos de insurrección en Popayán, envía secretamente a Pasto a Don Francisco Ignacio de Urquinaona, contador mayor de las reales cajas de Popayán, con todo un cargamento de muy apreciable valor, para que se guarde a buen recaudo.

Miguel Tacón no se equivocó frente a esta apreciación de la lealtad de los pastusos, cuando luego de fracasar militarmente en el combate de Palacé, el 28 de marzo de 1811, ante las tropas de Cali al mando de Anastacio Girardot y Antonio Baraya. El desastre lo aterró tanto que solo pensó en regresar a Popayán y a marchas forzadas seguir para Pasto, olvidándose de su esposa e hijos, a quienes dejó abandonados, tendiendo que la pobre señora Doña Ana Polonia García y Socoli de Tacón acogerse al convento del Carmen para que la protejan.

A Pasto llego muy maltrecho don Miguel Tacón, el 3 de abril de 1811, en compañía de su secretario Don José Nicolás de Uriguen y su diezmada escolta personal. Lo primero que hizo fue preguntar sobre los valores que había remitido, intentando en principio trasladarlos hasta Barbacoas con el objeto de disponer de ellos a su antojo; como encontrara oposición a ese traslado, logró sacar parte con el pretexto de atender compromisos de guerra y el resto quedó bajo la protección de las autoridades de Pasto.

Esos valores que dentro de la historia se conoce como “El Tesoro de Tacón”, fueron ocultados, bajo gravedad del juramento que no contaran a nadie este hecho, entre las paredes del templo de Santo Domingo, hoy Cristo Rey en pasto, y el cual consistia en cuatrocientas trece libras de oro dicen unos y otros hablan de doce arrobas de ese precioso metal. La búsqueda de tan codiciado tesoro será el mayor dolor de cabeza que tuvo que soportal la población de Pasto, meses después.

El cobarde comportamiento de Miguél Tacón en Popayán y el desastre de Palacé, fue ampliamente cuestionado por las autoridades de Quito en carta que suscriben el 19 de abril de 1811, al Cabildo de Pasto; a quién además previenen sobre el manejo que debe darse y responder en cuanto a los tributos recaudados por Tacón, que se sabe están en Por, eso dicen de manera categórica: “El Señor Gobernador Tacón, no contento con haber sacrificado el vecindario y perdida la Provincia que el rey le encomendó, para que manteniendo el equilibrio social y armonía recíproca de sus territorios, la rigiese en paz, pretenda tal vez, abandonando los límites de aquel gobierno, llevar consigo los caudales que anticipadamente extrajo de las reales cajas y Casa de la Moneda y dirigió a esta ciudad, en que se comprenden más de doscientos mil pesos pertenecientes a esta provincia (la de Quito) que con destino a la de Cartagena, se remitieron con el Situadista en el año pasados de 1809 y quedaron depositados en las cajas de Popayán.

Una situación similar a la propuesta por Quito se presenta en Popayán contra la ciudad de Pasto, cuando Antonio Baraya y Joaquín Caicedo y Cuero, dueños ahora de esa ciudad ante la derrota y cobarde huida de Miguel Tacón, también previenen al Cabildo de Pasto de las consecuencias de estar protegiendo al susodicho gobernador y el famoso aludido tesoro que será en últimas el motivo principal de su venida a Pasto, tanto de payaneses como de quiteños, por cuanto nada habla respecto a la libertad o independencia de España, por el contrario se hace énfasis en el reconocimiento y acatamiento al augusto Soberano tal ha planteado Quito cuando dice: “Reasumiendo nuestros derechos naturales, para tratar en virtud de ellos del establecimiento de nuestro Gobierno y de la guerra eterna que hemos declarado y declaramos a los enemigos de nuestro augusto Soberano, el Señor Don Fernando Séptimo, por quien y para lograr nuestra independencia de todo yugo extranjero, derramaremos hasta la última gota de sangre”.

Y los payaneses enfatizan: “Conservar ilesa nuestra Sagrada Religión Católica, sostener los derechos del Señor Don Fernando Séptimo y precaver la patria del impío yugo Francés a quien intentan someterla los nefastos godoyes y sus execrables hechuras, de que es uno el Caballero Tacón, por más que sus prostituidos apóstoles prediquen lo contrario.

Para Pasto y su gente el tener en sus manos el maldito “Tesoro de Tacón”, que al fin de cuentas no se sabe a cuanto asciende, pero indiscutiblemente es muy valioso, amen de la presencia del propio Miguel Tacón en la región es un grave problema que tendrá que afrontar ante la movilización militar de dos fuerzas enemigas: Las quiteñas al sur y las de Popayán, Cali y demás ciudades confederadas al norte.

El Cabildo de Pasto como es habitual en sus determinaciones, convoca al pueblo a un Cabildo Abierto el 16 de septiembre de 1811, para analizar la situación que se presenta al tener dos fuerzas militares amenazando con invadir y sacrificar a la ciudad. La sensatez de la gran mayoría de sus dirigentes, excepción de unos pocos, están de acuerdo con pactar “honrosas y cristianas capitulaciones”, así se hace conocer a quienes tenían la responsabilidad de salvaguardar los pasos tanto en el Juanambú como en el Guaitara, donde lastimosamente los comunicados llegan tarde en particular el del Guaitara, por cuanto las fuerzas quiteñas ya han cruzado el río y se aprestan a tomarse la ciudad.

Los Coroneles Pedro Monturar y Felicinao Checa, encabezan los tres mil soldados quiteños que luego de sangrientos enfrentamientos con los pastusos en Funes, Telles, Guapuscal, El Cebadal y demás sectores cercanos a Pasto, hacen su ingreso a sangre y fuego a la ciudad  el 22 de septiembre de 1811.

Cuando entraron las tropas de Joaquín Caicedo y Cuero a Pasto, dice José Manuel Restrepo que: “Halló Caicedo la ciudad, como una plaza que hubiera sido ocupada por enemigos a viva fuerza, fugitivos sus habitantes y ocultos en los bosques y retiros. Dedicose Caicedo a consolar a los que habían sufrido y a llamar a sus casas a los fugitivos y escondidos. A todos ofrecía seguridad en sus personas y propiedades, lo que se cumpliera religiosamente.

Las lúgubres y macabros acontecimientos protagonizados por las huestes quiteñas el 22 de septiembre de 1811 en Pasto, son sin lugar a duda el comienzo de una actitud defensiva en contra de las violenta represión que se ejerce desde afuera con las gentes de Pasto, quienes no podían concebir cómo se procede de manera tan criminal, contra una población que por desgracia y la responsabilidad de Miguel Tacón, tenia entre los muros de un templo un codiciado tesoro que reclamaban los quiteños como producto de los impuestos que ellos habían enviado para el rey en 1809 a Cartagena. Este tesoro encontrado a sangre y fuego por las tropas quiteñas, fue llevado para Quito.

Don Joaquín de Caicedo y Cuero llegó a un acuerdo con el Coronel quiteño Pedro Montufar, para que él y sus tropas abandonaran la ciudad a fin de entrar a reconstruirla e invitar a sus pobladores a regresar.

El domingo 13 de octubre de 1811, se llevó a efecto el Cabildo Abierto. Se cumplió con los requisitos de reconocimiento a Fernando VII, como era habitual en los documentos de esa época, así lo hacia Quito, Popayán, Santafé de Bogotá, Lima, Caracas, etc.

Joaquin de Caicedo y Cuero estaba inquieto, no únicamente por la situación de Pasto sino cómo lograr recuperar el “Tesoro de Tacón” que había sido llevado a Quito, para lo cual viajo hasta esa ciudad, hablo con sus autoridades y tuvo como respuesta que el aludido tesoro era considerado un botín de guerra y no podía devolvérselo.

Pasto y su gente no asimilaba el desastre causado por las tropas invasoras de Quito a finales de septiembre y miraban cómo algo más de cuatrocientos hombres de Caicedo y Cuero estaban acabando con huertas y haciendas en busca de comida y demás servicios que significaba un grupo de gente armada de tal envergadura.

La ausencia de Joaquín de Caicedo y Cuero al viajar para Quito, fue notoria cuando no faltaba la soldadesca que maltrate al pueblo. Un día de mayo la tensión en la ciudad resulto alarmante al conocerse la llegada de un continente de patianos al mando del “sucho” Juan José Caicedo que estaban merodeando por los lados de Aranda. De esta gente del Patía se sabía que actuaban en contra de la tropa comandada por Joaquín de Caicedo y Cuero, por cuanto a su paso por el pueblo del Patía, por cuanto a su paso por el pueblo del Patía, el coronel Eusebio Borrero había dado la orden de quemar sus casas con la gente adentro, asesinando a mujeres, ancianos y niños que no pudieron escapar oportunamente de ese infierno.

Sintiéndolo aliado las gentes de Pasto entraron a engrosar sus filas atendiendo el llamado que hicieran algunos presbíteros a cuya cabeza se encontraba el cura Pedro José Sañudo y el Capitán Ramón Zambrano. En un principio los “caleños” como despectivamente trataban los pastusos a la tropa de Caicedo y Curo, trataron de reaccionar pero al darse cuenta que eran minoría, consideraron necesario capitular, y así lo hicieron el día 21 de mayo de 1812. Los patianos al mando del “sucho” Caicedo se tomaron la ciudad y también causaron desmanes como lo reconoció el Cabildo de Pasto.

Joaquín de Caicedo y Cuero, sus principales oficiales y la tropa fueron recluidos en grandes casas acondicionadas como cárceles. Para Pasto y su gente fue grave salir de un problema con los invasores quiteños y tener ahora que soportar a los rencorosos patianos maltratando a los soldados presos en venganza por las atrocidades de Eusebio Borrero.

Ante el desastre de la incursión a Pasto y la desgracia del cautiverio de Joaquín de Caicedo y Cuero, Popayán decide organizarse convenientemente para ir en rescate de los prisioneros, nombrando al Coronel José maría Cabal como jefe del gobierno en remplazo de Caicedo y Cuero, y al norteamericano Alejandro Macaulay quien tardaría un mes en organizar la nueva tropa que llevaría a Pasto y de paso pasaría a quito donde se encontraría con el verdadero motivo por el cual este personaje estaba en la región como era el amor de Claudina, hija del Presidente de la Real Audiencia de Quito Don Toribio Montes, a quien conoció en Cadiz, cuando ella se hospedaba con su familia en el Hotel Americano.

Situado en los Ejidos de Pasto, el 26 de Julio de 1812 Macaulay da un ultimátum; Pasto y su gente, sabía a ciencia cierta la situación en que se encontraba frente a u poderoso ejército que había logrado cruzar el Juanambú, barrera natural que se consideraba infranqueable. Con la dificultad de no tener pólvora y municiones, el Cabildo de Pasto entra en conversaciones con Macaulay y decide celebrar un acuerdo, mediante el cual se acepta hacer entrega del presidente Joaquín de Caicedo y Cuero y la totalidad de oficiales prisioneros, con el firme compromiso de regresar a Popayán, situación que comienza a incumplir Macaulay con desaprobación de Caicedo y Cuero y otros oficiales, al quedarse por diez días más en los ejidos de Pasto, desde donde prepara una estrategia para continuar su camino a Quito.

Desde los Ejidos de Pasto, Macaulay vuelve a reafirmar su actitud belicista continuando con una serie de amenazas; el 13 de agosto de 1812, pasa subrepticiamente por las afueras de la ciudad, rumbo al sur, pretendiendo no ser descubierto. Cuán equivocado estaba el aventurero y enamorado norteamericano al encontrar en Catambuco las tropas de Pasto, donde luego de un combate inesperado es derrotado, de donde huye para luego ser localizado en Buesaco, en tanto deja abandonado a Caicedo y Cuero.

Estando prisioneros en pasto, se siguió un juicio en particular al comandante Alejandro Macaulay. Para infortunio del procesado, Don Toribio Montes, el padre de Claudina, su enamorada, había triunfado en Quito y asume desde el 8 de noviembre de 1812 la Presidencia de la Real Audiencia de Quito. El 12 de diciembre de ese año, ordena Montes de manera perentoria: “El presidente de la Junta de Popayán y el ingles – americano Macaulay merecen pasarlos por las armas”. El fusilamiento tuvo lugar el 26 de enero de 1813. A Joaquín de Caicedo y Cuero se lo sepultó en el templo de La Merced y a Macaulay bajo el umbral de la puerta principal del templo de San Agustín, pues se tenía desconfianza de que sea en verdad católico, apostólico y romano.

En cuanto a Claudina Montes, la hija del Presidente de la Real Audiencia de Quito, el amor de Alejandro Macaulay, murió de dolor al conocer el fusilamiento de su enamorado.
 
Fuente: Este artículo es un extracto del capítulo “El Maldito Tesoro de Tacón” del libro Pasto en las Guerras de la Independencia del autor: Enrique Herrera Enriquez, publicado en junio de 2010.
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